Pacto de Bogotá: ¿Es momento de salirnos?


Habiendo concluido los alegatos orales en la Corte de la Haya por la demanda marítima de Bolivia nuevamente se levantan voces en nuestro país que piden nuestra salida del Pacto de Bogotá.  Este Pacto, cuyo nombre oficial es Tratado Americano de Soluciones Pacíficas, tenía por objeto obligar a los Estados de nuestro continente a resolver sus diversos conflictos sin recurrir a la vía armada, otorgándole competencia a la Corte Internacional de Justicia, con sede en La Haya.

Pese a tener tan elevados fines, su eficacia ha demostrado ser escasa. En el tiempo de su vigencia no evitó la Guerra del Cenepa (1995) entre Perú y Ecuador. A su vez, si bien permitió que Nicaragua demandase a Estados Unidos obteniendo un fallo favorable, ocasionó el retiro de los norteamericanos del pacto y conllevó el que jamás cumpliesen la sentencia, pues la Corte de la Haya no tiene facultad de imperio.
Recordemos también que la demanda peruana que en 2014 nos significó perder 22.000 km² de zona económica exclusiva fue posible gracias a nuestra adhesión al Tratado. Precisamente fue este incidente, unido a la demanda boliviana recientemente ventilada en la Corte la que ha llevado a importantes políticos y juristas nacionales a pedir nuestra salida del Pacto de Bogotá.  Surge la duda entonces ¿Qué ganamos y qué perdemos quedándonos en él?
Ganamos un tratado más en nuestra larga lista. Aquella visión geopolítica de que somos un país pequeño que debe estar inserto en lo más profundo de la comunidad internacional justifica el mantenernos en el Pacto de Bogotá. Así, nuestra unión y la de los países pequeños nos será garantía frente a las grandes potencias (al menos esa es la idea). Sin embargo, hasta ahora sólo nos han demandado esos países “pequeños” y no las grandes potencias.
Lo anterior es resultado de una visión geopolítica que ha permeado en la politica chilena: considerar a Chile como un país minúsculo pero interconectado con el mundo, olvidando nuestra otrora condición de potencia sudamericana, de país tricontinental y que nuestras riquezas naturales inexplotadas, capacidad agro-ganadera y extensión superan a las de cualquier país europeo exceptuando a Rusia.
En cambio, perdemos bastante manteniéndonos en el Pacto de Bogotá. En primer lugar, están los 22.000 km² regalados por el fallo del 2014 al Perú, y estamos aún a la espera de lo que suceda con Bolivia respecto de la demanda marítima y la demanda por el río Silala. No debemos olvidar que nuestro país no suele tener buenos resultados respecto de tribunales y arbitrajes internacionales. Desde 1881 Chile ha perdido más de un millón de kilómetros cuadrados, y la frase de Aylwin “pedacitos más, pedacitos menos” respecto de los 530 km² de Laguna del Desierto que se fueron a la Argentina en 1995 aún pesa en la memoria. No menor resulta el hecho de que uno de los pocos laudos arbitrales favorables a Chile, el de S.M. británica respecto a las islas del canal Beagle en 1977 nos puso al borde de la guerra con Argentina, siendo sólo evitada por la mediación papal.
En segundo término están los 46 millones de dólares gastados en abogados para los litigios en La Haya, y por último la presencia de un vecino con esquizofrenia jurídica como Evo Morales, es motivo suficiente como para evitar tener vías de contacto que le permitan demandarnos a voluntad cada vez que necesite apoyo para su reelección.
La respuesta a la pregunta de mantenernos o no en el Pacto de Bogotá debe ser fruto en definitiva de un amplio debate nacional. Si nos reconocemos efectivamente como un país pequeño y periférico será más importante nuestra presencia en un tribunal internacional que teóricamente nos defiende ante las potencias y que en la práctica nos significa judicializar conflictos regionales que se solucionan con diálogo, pues somos incapaces de garantizar nuestra independencia total. En cambio, si reconocemos ser una potencia regional, o al menos tener vocación de tal como miembros de la Alianza del Pacífico, haremos un voto decidido en defensa de nuestra independencia y soberanía nacional, tomando los chilenos las riendas de nuestro destino y en consecuencia dejaremos el Pacto de Bogotá. La búsqueda de soluciones pacíficas a los conflictos de todo orden entre los países de América Latina entonces serán fruto del diálogo de naciones hermanas. Unidos por un común origen, tenemos también un destino común y para alcanzarlo deberemos trabajar unidos por el avance y beneficio de nuestros pueblos.


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