Chile: país de vocación marítima




En Chile el mar es relegado a un segundo orden, detrás de la minería


Este mes del mar tiene la particularidad de coincidir con el bicentenario tanto de la independencia de Chile como con el de la fundación de nuestra Armada, por lo que resulta bastante apropiado que por una vez al menos miremos hacia el mar, aquel que tantas veces pasa desapercibido en este país, quizás por encontrarse precisamente frente a nuestros ojos y ser demasiado evidente. 
Chile posee un territorio marítimo que sin contar nuestra legítima reclamación en la Antártica alcanza unos 3,7 millones de km² distribuidos entre 10.000 km de costa. Así la reunión de estos dos factores presenta a Chile en una ubicación privilegiada en el Océano Pacífico Sur-Antártico, que ante la irrupción de China y Japón como superpotencias económicas se presenta como la vía natural  de su comercio.
En comparación, el territorio continental, de sus aprox. 740.000 km² unos 500.000 km² están ocupados por cordilleras, desiertos y quebradas, quedando un espacio de 240.000 km² en el que se aglutinan los 17 millones de habitantes de nuestro país. 
Dado lo anterior, bien se puede decir que Chile tiene “vocación marítima” pero no es un país marítimo. Potencialmente somos la mayor fuerza del Pacífico Sur, pero materialmente debemos contentar con ese puesto solo en la costa occidental de Sudamérica, cuestión que se debe en buena parte a la carencia de una doctrina marítima nacional que guie el desarrollo de Chile en el mar. Ello queda de manifestó al considerar nuestro Orden Público Económico, nuestra institucionalidad y economía. 
El Orden Público Económico consagrado en la Constitución de 1980, profundamente neoliberal y enemigo acérrimo de la intervención del Estado garantiza a los particulares el “derecho de propiedad en sus diversas especies sobre toda clase de bienes”. Para el desarrollo de la iniciativa económica estatal le reserva la minería, pero no el agua, que en forma única en el mundo le es entregada al comercio de los particulares. Entonces ¿Qué pasa con el mar? También es de dominio nacional, pero ello se consagra en el Código Civil y no en la Constitución. Para el Estado entonces resulta de primer orden el dominio de la minería, regulado por leyes de quórum calificado, pero no así el del mar, que puede ser modificado por una simple ley. 
En nuestra institucionalidad, el mar es relegado a un segundo orden. Los Ministerios de Estado, aquellos superiores que colaboran con el Presidente en la función de administración y gobierno, de manera de lograr una acción unificada, coordinada y sistemática en su funcionamiento. De entre la larga lista de 23 ministerios que hoy existen, no figura siquiera esbozo de un ministerio del mar. Así, órganos del Estado como la Dirección General del Territorio Marítimo y de Marina Mercante, el Servicio Nacional de Aduanas, las Empresas Portuarias de Chile, el Servicio Nacional de Pesca y Acuicultura, y la Dirección de Obras Portuarias actúan sin necesariamente tener un objetivo común, teniendo inclusive contradicciones entre sí, correspondiendo a ministerios distintos la planificación de ampliaciones portuarias y a otro el de controlar esta actividad. Evidentemente todos estos servicios mencionados tienen su sede central en Santiago, con la excepción del Servicio Nacional de Aduanas, ubicado en Valparaíso. 
Otra muestra de la concepción eminentemente terrestre del desarrollo nacional son las actividades predominantes hoy de la economía chilena. En la minería somos los mayores productores de cobre, litio, yodo; tenemos la mayor producción mundial de uvas frescas, arándanos, manzanas, salmón y ciruelas; junto con Perú y China somos las principales potencias pesqueras extractivas del mundo; a lo que se suma una industria forestal en creciente aumento. Ahora bien, si se consideran los principales compradores de nuestros productos (China, EE.UU, Unión Europea, Corea del Sur, Japón, Brasil e India) solo con Brasil el transporte resulta factible por vía terrestre. Con todos los demás será necesario recurrir, por sus volúmenes, al transporte marítimo, y ello exige un desarrollo de la actividad portuaria en el cual Chile no ha logrado avances al nivel de sus exportaciones. Si bien Valparaíso y San Antonio cuentan con un buen desarrollo, son estos los que concentran la actividad portuaria nacional, resultando para la extensión del país manifiestamente insuficiente. 
Lo anterior es muestra de que Chile no es hoy un país marítimo, cuestión que es producto del Orden Público Económico instaurado en Dictadura y mantenido por los gobiernos democráticos, así como por nuestra institucionalidad que disgrega en multiplicidad de órganos funciones vinculadas al mar y por nuestra deficiente capacidad portuaria. Pero pese a lo anterior, Chile tiene el potencial de convertirse en la potencia marítima del Pacifico Sud-Antártico si logra resolver las deficiencias mencionadas, lo cual llevaría como consecuencia una mejora en el desarrollo nacional. 
Para ser un verdadero país marítimo resultará necesaria una nueva Constitución en la cual se establezca el mar como una cuestión de interés nacional, evitando que nos sea despojado por leyes de pesca creadas a la medida de las grandes empresas pesqueras que explotan irracionalmente un alimento valioso para nuestra gente, y que igualmente evite nuevos recortes de nuestro espacio marítimo por potencias vecinas en la Corte de La Haya; la creación de un Ministerio del Mar que fije líneas de desarrollo claras con una institucionalidad fuerte, que defienda los intereses de los pescadores artesanales y pequeño y medianos empresarios frente a las flotas extranjeras; la digitalización de las actividades portuarias que hoy implican cantidades industriales de papeleo que retrasan y dan inseguridad a los intercambios y a la par desarrollar una industria portuaria y de construcción naval que permita no solo recibir las naves que lleven nuestras exportaciones y traigan importaciones, sino que sea en Chile donde se construyan los barcos que lleven nuestros productos al mundo y quizás, con una alianza de capitales públicos y privados la marina mercante nacional recupere su lugar en el mundo aprovechando nuestra privilegiada ubicación geográfica. 
La recuperación de nuestro mar será fruto de un cambio en la concepción que hoy tenemos de él. Aquel Océano Pacífico vasto e insondable del pasado, que parecía otra barrera natural de nuestro país, es hoy nuestra vía de comunicación hacia el mundo, el espacio donde Chile puede resultar en la potencia marítima que pudo ser en el siglo XIX, oportunidad que desperdiciamos en el siglo pasado pero que hoy se nos exige si queremos construir un país desarrollado, justo y capaz de mostrar ante el mundo que no somos un mero exportador de metales y comida barata; los chilenos tenemos la misión histórica  de hacer nuestro ese mar que tranquilo nos baña. 

Columna publicada originalmente en El Martutino
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